El misterio de Stamford

La noche de viernes 13 del 1990, Susan esperaba a sus amigos Tod, Christie y Ada en el puente del río Welland. Susan empezó a escuchar unos pasos detrás de ella. No echó la vista atrás hasta que sintió como unas gotitas frías caían por su espalda y se le deslizaban hasta su cintura.

Se puso a temblar, su corazón empezó a latir rápidamente. Al instante sintió como algo afilado le estaba recorriendo todo su cuerpo.
Al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que había unos niños que le estaban dando la espalda y se oía como susurraban «uhuhuhuhu» acompañado de una risilla muy tétrica. Susan sintió un golpeteo en su corazón, latía fuertemente, no se tranquilizaba porque presentía algo macabro en esos niños.

Nuevamente se giró por completo, los niños avanzaron muy deprisa hacia ella sin mirarla, tenían la cabeza hacia abajo. Susan comenzó a retroceder hasta chocar contra el muro del puente. No tenía escapatoria, los niños alzaron la cabeza, pero tenían puestas unas caretas y no se sabía quiénes serían.

《No escaparaaaás》, dijeron entre risas los niños. Uno de ellos lanzó una soga hacia Susan, le alcanzó el cuello y tiraron de ella.

Los otros la cogieron por los pies y la lanzaron por el puente, quedando colgada de su frágil garganta. Ella empezó a sentir como el oxígeno se le acababa, intentaba aferrarse a la vida como fuera, pero no lo conseguía. Al mirar hacia un lado, vio a sus amigos allí colgados con todo ensangrentado.

Ella no tuvo mejor suerte, otro de los niños le tiró un cuchillo que le alcanzó el cuello, donde se le clavó y le hizo que le saliera la sangre a borbotones. Susan murió al instante.

Nada más se supo de aquellos niños que desaparecieron como si nunca hubieran existido.

Destino Canfranc

Magdalena corría por las calles de Zaragoza, a oscuras, ninguna luz había encendida a altas horas de la madrugada. Pensaba que alguien la estaba siguiendo y continuó un poco de trayecto con un ahogo en el pecho que no la dejaba respirar. No veía a nadie por allí, solo el resplandor de la luna que la guiaba en su camino hasta la estación de tren. 

Al llegar a aquel recóndito lugar sonó un toque de trompeta, que anunciaba que el tren iba a salir en menos de cinco minutos, así que ella corrió con todas sus fuerzas para no perderlo. Entró por casualidad, agarrada por la mano de su amiga Claudia que coincidió con ella en el mismo trayecto.

―¿Qué haces por aquí Magdi? ―le preguntó Claudia en un tono cariñoso. 

―He tenido que salir corriendo desde mi casa hasta aquí porque algo me estaba persiguiendo, pero, no he conseguido ver nada― le replicó Magdalena. 

―¿Será alguien? Por que algo no creo que te siga― le contestó en modo irónico.

―No te rías Clau, yo no he visto a ninguna persona por allí― le respondió enfadada. 

Las dos continuaron su trayecto, Claudia intentó calmar a su amiga, ya que la veía que estaba inmersa en una crisis febril y ansiosa, no podía imaginarse qué podría haberle ocurrido o desde cuándo llevaría corriendo por las calles inundadas tras las últimas lluvias y la humedad del aire le podría haber afectado. Magdalena se acurrucó sobre las piernas de su amiga. 

Tras pasar por las estaciones de Villanueva de Gallego, Zuera y Tardienta se aproximaban a la de Huesca donde despertó totalmente alarmada: ―¿dónde estoy Claudia? ¿qué hago aquí contigo? ―. 

―Te has montado en la estación de Zaragoza, venías corriendo como si huyeras de alguien― le contestó Claudia. 

Al abrirse las puertas del tren, Magdalena vio como se montaban tres personas muy pálidas en el mismo vagón, el olor que desprendían la estremeció tanto, que solo les dijo un simple «buenas noches». Claudia la miró atónita y le dijo que se volviera a recostar en sus piernas. 

Reanudaron el trayecto pasando por varias estaciones como Plasencia del Monte, Ayerbe y Riglos. Claudia la miraba atentamente y ella notaba como su amiga la estaba observando, solo se podían ver sus ojos mirando hacia ningún sitio, casi en blanco, una mirada fija que asustaba a cualquiera. «¿Qué le estará pasando a Magdi?», se preguntaba Claudia. Nadie sabía. 

Magdalena se quedó fija en el letrero digital de renfe que de pronto anuncia: «PRÓXIMA ESTACIÓN SANTA MARÍA Y LA PEÑA». Se pone de pie, su amiga Claudia la sujeta y le dice que dónde va, esa no es su parada, aún les queda mucho más. Pone los ojos bien abiertos con lo blanco más prominente que sus pupilas y en ese momento, pasan dos personas ataviadas con unos atuendos oscuros. Igual que a los anteriores viajeros, les dice «buenas noches» y se vuelve a quedar pensativa en el asiento. Claudia no puede comprender qué estaba pasando allí, antes se había asustado, pero aquí más todavía, porque la estación estaba completamente desierta, solo unas pequeñas sombras de los viejos artilugios que allí iban guardando los bedeles de la estación. 

―¡ESTÁN AQUÍ CLAUDIA! ¡SON ELLOS! ¡ME HAN LOCALIZADO!―, empezó a vocear Magdalena, asustada como cuando llegó a la estación de Zaragoza. 

―Magdi, no te escondas, no va a venir nadie a por ti. Aquí, nadie te va a coger―, respondió Claudia.  

―¡MIRA ALLÍ! ¿LOS VES? ¡ESTÁN AHÍ!―, dijo sobresaltada Magdalena. 

En ese instante el tren comienza a andar, se va la luz y cuando vuelve, Magdalena está convulsionando en el suelo del vagón. Claudia se abalanza sobre ella, empieza a reanimarla, la calma y se la lleva hacia la zona de habitaciones que tienen en el vagón contiguo. 

Magdalena queda dormida en un momento y Claudia permanece con ella observándola. Pronto pasan por las pequeñas estaciones de Anzánigo, Caldearenas, y Sabiñanigo. Tras estas, llegan a la de Jaca, aquí hacen una parada más larga, de al menos dos horas, porque tienen que cambiar de andén y lo hacen manual. Los agentes del tren les instan a bajarse hasta que puedan reanudar su viaje. Desde allí se acercan a ver la Ciudadela que está a unos cuantos kilómetros, pero como saben que tardarán horas en hacer cambio de andén, deciden seguir con su marcha y ruta turística. 

Magdalena está presintiendo que algo va detrás de ellas, no hace nada más que mirar para atrás, aunque no logra ver nada. La noche es tan oscura, solamente iluminada por unos pequeños rayos de la luna que inciden sobre esa zona. Una vez que se gira siente como algo frío le roza el brazo. ―¡ESTÁN AQUÍ CLAU! ¡VÁMONOS, RÁPIDO!―.

Claudia no entiende qué está pasando, así que decide correr con todas sus fuerzas y seguir a su amiga que parece bastante asustada. Estaban entrando por la puerta de la estación cuando Claudia siente un escalofrío por todo su cuerpo que también nota Magdalena. Ágilmente se suben al vagón que lo encuentran bastante lleno, ninguna de las dos esperaba que fuera a viajar tanta gente. ― Nos están rodeando, Clau―, dijo Magdalena muy bajito en el oído de su amiga. ―No digas tonterías, Magdi, aquí no nos va a rodear nadie―. 

Pasaron tres estaciones más, Castiello-Pueblo, Castiello y Villanua – Letranz, al poco tiempo llegaron a Canfranc. Eran las seis de la mañana, Jesús, hijo de Magdalena, había ido a recogerla a la estación. Al bajarse, vio algo extraño en su madre, venía temblorosa, con un sudor frío que recorría todo su cuerpo y solo se le oía: «Nos están siguiendo», «Coge a Claudia también, por favor, nos quieren hacer algo». 

Jesús se puso pálido y dijo: ―¿QUÉ CLAUDIA, MAMÁ? ―. 

La madre respondió enseguida: ―¡AQUELLA, LA QUE HA VENIDO CONMIGO DESDE ZARAGOZA! ¡Mi amiga Claudia! 

― Pero, mamá…― Jesús no pudo contener las lágrimas, ni le salían las palabras que debía decir. 

― Pero, nada, Jesús, coge a Claudia y vámonos a casa que los que vienen en el tren vienen siguiéndome desde Zaragoza y estoy muy asustada ― predicó con agilidad Magdalena. 

― Mamá, escúchame… Claudia no está allí y en el tren no viene nadie ― expuso el hijo con un llanto incontrolable. 

― Mira a tu alrededor, ahí no hay nadie ―, le volvió a repetir.. 

― ¿NO VES A CLAUDIA? ¿NO VES A TODOS ESOS HOMBRES Y MUJERES QUE VIENEN APROXIMÁNDOSE HACIA MÍ? ― le repitió con todas sus fuerzas su madre. 

― Mamá, por favor, (llorando incontroladamente), Claudia no está con nosotros. Ahí no viene nadie. No hay nadie. 

― ¿CÓMO QUE NO HIJO MÍO? ― replicó Magdalena. 

― No, mamá, Claudia y todos los vecinos de Canfranc murieron en el descarrilamiento del tren.

La madre desolada, se desmayó en el suelo golpeándose fuertemente la cabeza. Un chorro de sangre salió muy vigoroso de su cabeza y su hijo Jesús se quedó llorando y suplicando por su vida. 

Al fondo solo se podía ver un monumento de plata que decía: «EN MEMORIA DE LOS 50 FALLECIDOS EN EL ACCIDENTE DE CANFRANC». 

Este relato participa en el concurso: #HistoriasdeViajes en Zenda Libros.

Image by WikiImages from Pixabay

Autor: Rubén Pareja Pinilla

La última noche en la que vi a mi hijo

Marcos, un niño de diez años, era natural de Alcorcón (Madrid). Sus padres se llaman Carlos y Celia. La mañana del 17 de abril del 1995, Celia encontró a su hijo un poco cabizbajo y le dijo — hijo, ¿qué te pasa? — a lo que el hijo le contestó — nada, mamá, ayer en el colegio, mi amigo Roberto empezó a insultarme y me siento dolido, porque desde pequeños hemos estado siempre juntos y no esperaba que mi mejor amigo me hiciera eso. La madre trató de consolarlo diciéndole — no te preocupes, será que ha empezado a salir con gente más grande y le están inculcando unos valores bastante malos para su edad.

— Mamá, no vayas a casa de Roberto ¿vale? — dijo Marcos.

— No te preocupes, no lo haré, pero, tendremos que hablar con sus padres para que no lo vuelvan a hacer — dijo Celia a su hijo.

Su madre sorprendida por lo que le había contado su hijo, se dirigió a la casa de Roberto para comentarle a sus padres lo que había ocurrido el día anterior en el colegio. Cuando llegó a la casa de Roberto, llamó al timbre y le abrió Casandra –la madre de Roberto-. De muy mala gana, Casandra invitó a Celia a entrar a su casa y ésta empezó a contarle lo sucedido con sus hijos.

— ¿Qué es lo que quiere, Celia? ¿No pretenderá que castigue a mi hijo por algo que no sabemos si es verdad? — dijo Casandra.

— ¿No estará diciendo que mi hijo es un mentiroso, porque no se lo voy a tolerar? — dijo Celia.

— Perdóname que la invite a salir de mi casa, porque no pienso aguantar que una madre barriobajera venga a darme instrucciones de cómo tengo que educar a mi hijo — dijo Casandra.

Celia que se quedó atónita con la actitud de la madre de Roberto, se dirigió al colegio para poner en conocimiento la situación a los profesores. La tutora, llamada Marta, acudió enseguida alarmada por lo que le estaba oyendo en boca de Celia, mientras se lo comentaba a la directora.

— Señorita Marta, gracias por venir a interesarse por el asunto, como le comentaba a la directora, mi hijo me ha contado que ayer Roberto empezó a insultarlo y mi hijo quedó avergonzado delante de todos sus compañeros.

— Señora Celia, disculpa que la interrumpa, pero lo que cuenta son cosas de niños y seguramente no vuelva a suceder, pero si sucede, estaremos todos atentos para evitar males mayores.

La pobre Celia se volvió a casa y allí empezó a contarle a su marido lo que estaba ocurriendo con su hijo. Su esposo intentó tranquilizarla diciéndole que eso podría ser tal cual las profesoras le habían indicado, podrían ser unas “chiquilladas” pero no sería nada más. La madre, aunque menos, siguió intranquila.

A las cinco de la tarde, Marcos volvió a casa tras un duro día en el colegio. Su madre enseguida se percató que traía la cara llena de arañazos y varios moratones en las rodillas. Y rápidamente le preguntó — Marcos, ¿qué te ha pasado? ¿ha sido Roberto? — le dijo su madre.

— Mamá, déjame, no quiero hablar de eso, solamente ha sido una caída contra un árbol del colegio y me he arañado y me he llenado de moratones — dijo Marcos.

— ¿Por qué te han hecho eso? ¿Qué es lo que está pasando hijo mío? ¿No pensarás que vamos a dejar esto así?

— Mamá, no hagas nada, esto no es nada, si lo cuentas o intentas algo contra ellos o contra su familia, me afectará directamente porque se meterán más conmigo, me insultarán, me pegarán y me harán de todo porque me han dicho que soy un débil.

— Marcos, no vuelvas a decir eso, tú no eres débil, eres la persona más fuerte que he conocido jamás, tú podrás con todo.

Marcos salió corriendo hacia su habitación, que estaba en el segundo piso, y allí empezó a organizar un plan para acabar con todo. Él ya tenía la solución en su cabeza desde hacía mucho tiempo y estuvo desarrollando esa idea durante varias horas.

A las diez de la noche, Celia llamó a su hijo para que bajara a cenar, pero éste no respondía. Decidió subir y lo encontró llorando, ávidamente escondió un papel y lo metió debajo de su cama.

Durante la cena, sus padres estuvieron discutiendo sobre lo que estaba sucediendo con su hijo y los padres ya tenían todo decidido; primero, denunciar a Roberto y segundo, cambiar a su hijo de colegio, porque así no podía seguir.

Antes de bajar del todo, Marcos se quedó escuchando en las escaleras y se enteró del plan de sus padres, pero, consternado, decidió bajar a cenar con ellos.

— Mamá, mamá ¿qué me tienes preparado para cenar en esta última noche? — dijo el niño.

— Hijo, tengo lo que más te gusta, unas patatas fritas, un huevo frito y dos salchichas — dijo la madre.

— ¡Qué rico todo, mamá! ¡Gracias por prepararme mi plato favorito! Espero que siempre te acuerdes de él y me lo prepares por siempre.

La madre no se percató de que el niño había hecho una pregunta un tanto extraña, ¿cómo que última noche? — muchos se preguntarán. Al terminar de cenar siguieron conversando.

— Cariño, mañana no vas a ir al cole, te llevaremos al lugar que más te guste y espero que elijas el mejor porque queremos complacerte — dijo Celia.

— Mamá, papá, muchas gracias por todo, no hace falta que me dejéis hacer lo que quiera, no hace falta que me llevéis a sitios bonitos o deseados por mí. Lo que me hace falta es, que, aunque no esté aquí, me sigáis queriendo.

Los padres enmudecieron y le preguntaron a su hijo:

— ¿Cómo que no vas a estar aquí? ¿A dónde vas a ir hijo mío? — le dijo el padre.

— Nosotros te cuidaremos siempre, no debes huir, todo esto se solucionará — dijo la madre.

— Iré muy lejos, ya lo veréis, allí todo habrá acabado. Seré el mejor que va a haber allí — dijo el niño con tristeza y lágrimas en los ojos.

El niño decidió irse a su habitación y los padres le transmitieron sus ánimos y le repitieron sus mejores planes para la mañana siguiente. Marcos les dio dos besos a cada uno y les dijo — no me olvidéis, sois y seréis los mejores padres­ — el comentario del niño fue inusual. Pero, los padres no advirtieron nada raro en la actitud de su hijo y se fueron también a la cama. Tenían muchos planes para hacer con su hijo y se fueron contentos porque sabían que iban a complacer a su hijo con muchos regalos y viajes, y esto lo iba a animar.

Eran las doce de la noche, cuando se oyó un fuerte golpe, como si algo hubiera caído desde el piso de arriba al patio. Celia y Carlos subieron con rapidez para ver si le había pasado algo a su hijo, entraron en su habitación y no estaba. En la cama había un papel con algo escrito y la ventana estaba abierta. Temerosos los dos, se dirigieron a la ventana, se asomaron y vieron que su hijo estaba tumbado en el suelo. No se movía, no hablaba, no respondía a las llamadas de los padres.

Los padres aterrados, bajaron corriendo y salieron al patio trasero dónde había caído su hijo. Ellos no especularon con nada, solo pensaron que habría sido un accidente, querían salvarlo, pero ya era tarde, su hijo ya ni tenía pulso ni respiraba.

La madre cayó en la cuenta de que había visto algo encima de la cama de Marcos y subió rápidamente por las escaleras, al llegar, dudó entre sí debería coger o no la carta. Al final, decidió leerla y se encontró con una despedida, no lo quería creer, pero su hijo se había quitado la vida, la situación ya no le permitía seguir viviendo, no lo pudo aguantar.

La madre leyó la carta con lágrimas en los ojos y decía:

“Mamá, papá, gracias por cuidarme, gracias por
salvarme una y otra vez, gracias por querer darme
lo mejor. Sois y seréis los mejores padres del mundo,
no me olvidéis, queredme como me habéis querido
hasta ahora. No puedo soportar lo que están haciendo
conmigo, solo sé que mi vida no vale nada.
Muchos besos, vuestro hijo Marcos”.

— Así ha acabado mi hijo, no dejéis que vuestros hijos acaben igual. ¡Acabemos con el acoso escolar! ¡Acabemos con el bullying! — dijo la madre entre lágrimas.

— Vuela alto hijo mío, vuela tan libre como un colibrí, allí en el cielo no te dejes atrapar por nadie. ¡Vive libre! ¡Vive en paz!

Las madres de los alumnos que habían acudido a la conferencia aplaudieron y decidieron luchar para que sus hijos no acabaran igual que Marcos había acabado.

AUTOR: RUBÉN PAREJA PINILLA.

Creado en el: 2017

Registrado en  Safe Creative.