«ALE, A L E L U Y A, BETTY SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, BETTY SERÁ TUYA». Ese cántico resonaba escabrosamente por todo el valle. De repente, Betty desapareció entre la niebla que se extendía por aquel lugar. En ese instante, comenzó otra melodía perversa «ALE, A L E L U Y A, ABI SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, ABI SERÁ TUYA». Tras las últimas estrofas, Abigail se difuminó mientras lloraba por la pérdida de su amiga.

Los vecinos de la parroquia del Sr. Parris se preguntaban qué sería aquel eco lúgubre, y a quiénes pertenecerían esas voces femeninas que se oían por todo el bosque. Samuel Parris no podía imaginarse cuánto cambiaría su vida en esa tarde. Ssu hija Betty no volvió del colegio y esos cantos premonitorios ahora cobraban sentido. Este supuso que estaría con su amiga Abigail, por lo que envió a sus mejores caballeros en su búsqueda.

Al llegar a la casa de Abigail, Cassy abrió las puertas entre sollozos, porque su hija no aparecía por ningún sitio. Ella recordó que todas las tardes quedaban con sus nuevas amigas Tituba, Sarah Osborne y Sarah Good. Los hombres junto a Cassy salieron rápidamente hacia el bosque más cercano para ver si las podían encontrar. Según avanzaban entre la inmensidad de la arboleda se escuchaban unas voces que decían: «¡MANIFIÉSTATE, RATA INMUNDA!, ¡MANIFIÉSTATE, HAZNOS UNA SEÑAL!, ¡DINOS CÓMO SERÁ NUESTRO FUTURO!». Las cinco niñas estaban cantando y danzando, además de entonar diversos maleficios con una formación en círculo. Allí estaban rodeando una piedra negra sobre la que todas colocaron sus manos.

Cassy echó a correr al ver a Abigail; mas cuando se estaba acercando al corro, un halo de luz la desplazó varios metros hacia atrás, como si de una barrera se tratara. Nadie se podía acercar a menos de un metro de las niñas. Los dos caballeros se quedaron perplejos ante lo ocurrido y notaron que las cinco tenían los ojos negros; aunque, muy brillantes a su vez.

—Abi, ¿qué estáis haciendo?—, preguntaba Cassy entre lloros.

—Apártese, señora, aquí no puede hacer nada—, profirieron los dos señores.

—¡¿Se han vuelto locas?!—, voceaban con gran estupor.

En ese momento, la luz desapareció y las cinco niñas comenzaron a tener convulsiones, llevándolas casi al borde de la muerte. Cassy consiguió parar a su hija. Al tocarla, se dio cuenta de que estaba ardiendo y su cuerpo palpitaba descontroladamente. Uno de los caballeros le dijo: —¿qué les habrá sucedido?—.

—¡Hay que llevarlas lo más pronto posible con el doctor William Griggs para que valore la situación—, aconsejó Cassy suplicando por la ayuda de Dios al mismo tiempo.

Pasaron algunos minutos cuando, de repente, estaban en el pequeño consultorio del Sr. Griggs. Allí estaba el reverendo John Hale a la espera de la valoración espiritual del alma de las niñas. Tras las primeras observaciones, Griggs afirmó contundente que se trataba de un tipo de maleficio.

—Señor, ¿por qué nos has mandado esta desgracia?—, intentando obtener alguna respuesta.

«ALE, A L E L U Y A, BETTY SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, BETTY SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, ABI SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, ABI SERÁ TUYA».

—¿Quién está cantando eso?—, preguntaron los caballeros.

—Parece provenir de la sala contigua, en la que están Tituba, Sarah Osborne y Sarah Good.

—Puede ser por culpa de la fiebre, ¡echadles agua tibia!—, propugnó el médico.

Los señores diligentemente rociaron a la niñas con agua tibia. Así consiguieron despertarlas de su letargo tan macabro. En ese instante, Betty levantó su cabeza lentamente, por detrás de Cassy y dijo en duermevela: —¡Ha sido Tituba!, ¡ella nos enseñó los hechizos!—.

John Hale decidió encarcelar a Tituba y a sus dos cómplices por el delito de nigromancia hasta el juicio final cuando el magistrado de la aldea más cercana lo considerara. Entretanto, Samuel y Cassy se llevaron a sus hijas para mantenerlas a salvo de esta especie de magia negra que las rondaba. Una vez que estaban en casa, Betty comienzó a expulsar espuma por la boca. Al poco tiempo, la sangre manaba de sus ojos que se tornaban cada vez más negros y brillantes. Y, Abigail, que estaba dos calles más abajo, comenzó con los mismos síntomas sin que nada ni nadie pudiera pararlo.

Unos espectros oscuros se elevaban en el techo de las habitaciones de las niñas y empezaron a predicar con una sonrisa mortuoria: «ALE, A L E L U Y A, BETTY SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, BETTY SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, ABI SERÁ TUYA», «ALE, A L E L U Y A, ABI SERÁ TUYA».

Samuel ataviado con la cruz más grande que tenía, se dispuso de rodillas en mitad de la habitación: —Señor, ten piedad de nosotros. No dejes que el mal entre en esta casa, nosotros te escuchamos y te tenemos en nuestro corazón. Amén—, hizo el gesto de la señal de la cruz, poniendo hacia arriba el crucifijo. Acto seguido, esos entes habían desaparecido.

A la mañana siguiente, se celebraba el juicio contra las tres niñas: Tituba, Sarah Osborne y Sarah Good. Betty y Abigail las acusaron delante de todos los allí presentes. Ellas se quedaron indefensas ante aquel manipulado jurado, gobernado por la mano masculina y donde el ámbito puritano impregnaba todas las paredes con su fe ciega en Dios. Tituba sabía que dijeran lo que dijeran, nadie las iba a creer, así que confió en su instinto. Comprendió que si lo confesaban todo podrían perdonarlas como antes ya habían hecho con otros. Creía que, de este modo, no las condenarían ni a la hoguera ni a la horca.

—Sí, señorías, hemos intentado adivinar nuestro futuro. En efecto, ¡hemos intentado averiguar cómo seríamos tratadas las mujeres y si tendríamos nuestra propia voz, para cuando quisiéramos alzarla ante las injusticias!, por eso, me declaro culpable de todos los hechos—, alegó Tituba.

Casi al instante, las personas presentes en el dictamen, comenzaron unánimemente a decir compasadamente: «¡FUERA, BRUJAS!», «¡A LA HOGUERA!», «¡QUE NO SE SALVE NINGUNA!». En ese momento, el juez declara culpables a Tituba, Sarah Osborne y Sarah Good con la pena de muerte en la hoguera a la media noche, cuando la luna estuviera en su punto más álgido.

A las 00.00 de la noche, se oyó un repique monótono y tétrico «TON, TON, TON, TOOOON», «TON, TON, TON, TOOOON», «TON, TON, TON, TOOOON». Este se repitió hasta en tres ocasiones para indicar que se iba a proceder a la ejecución. Betty y Abigail no querían asistir, pero fueron arrastradas por sus respectivos padres. Tenían que asumir las consecuencias de sus actos y, así, verían que la brujería no estaba permitida, solo podrían seguir a Dios a través del puritanismo.

Eran las 00.01. Tres hombres, con los rostros tapados, voceaban ante un público clamoroso, que iban a prender las hogueras. Las pequeñas solo pedían clemencia; pero, nadie parecía escucharlas. Nadie se dio cuenta que tan solo eran unas niñas de 9, 10 y 11 años. Tan pequeñas y tan indefensas, atacadas por tantos que no podían creerlo. Ni siquiera habían podido demostrar su inocencia.

Llegaron las 00.02, Betty empezó a sentir como su corazón latía en su pecho: «POM, POM, POM, POM, POM», cada vez iba más deprisa: «POM, POM, POM, POM, POM, POM, POM». Su respiración estaba tan agitada como la de Abigail que estaba temblando de miedo y casi llegando al borde del desmayo. Ellas sabían que sus amigas no tenían la culpa de nada, tan solo estaban jugando, escapando de la realidad dura de su época, intentaban liberarse de los estigmas que imponía la sociedad a todas las mujeres. Intentaban ser libres, proclamarse ante un mundo masculino; puesto que, querían ser iguales, tener las mismas oportunidades. Planeaban sus acciones, jugaban a lo que querían, se preparaban meriendas a base de pan de centeno que tanto les gustaba. Alucinaban juntas, quién sabe por qué. Nunca hubieran imaginado que servirían a sus amigas a los lobos más perversos.

Las 00.03, el segundero seguía avanzando sin descanso. En ese momento, Betty se sintió muy aturdida como si un ser extraño recorriera su cuerpo. Abigail decide que algo tienen que hacer, por lo que ambas van uniendo una hilera de palos y leña que encuentran en los alrededores. Betty, que quiere salvar a sus amigas como fuera, decide coger las escaleras con las que habían colocado a sus amigas en las hogueras.

—Vente, Betty. Vamos rápido. Coloquemos toda la leña alrededor de la gente—, le indicó Abigail entre susurros y gestos a su amiga.

—Me voy ya con las escaleras. Las pondré por detrás y desataré a nuestras amigas—, concluyó Betty.

Betty fue corriendo a colocar las escaleras en la posición que tenían pensada. Mientras tanto, Abigail había terminado de formar un círculo alrededor de la gente y le prendió fuego.

—¡Corre, Tituba!, ¡desata a las demás y bajad por las escaleras traseras!— profirió Betty.


Al instante, una gran llamarada surgió por detrás de la gente. Nadie se había percatado de lo que habían planeado y, así, nadie podría escapar. No pudieron esquivar ni saltar por encima de las llamaradas.

—¡Socorro! ¡socorro!—, gritaban de terror los ciudadanos.

Ninguna de las cinco hizo nada para salvar a las personas que las habían condenado. Solo consiguieron escapar las cinco heroínas que habían plantado cara ante una sociedad perversa. Solo ellas fueron capaces de escapar de aquel terrorífico infierno. Al salir de aquella pequeña residencia parroquial, vieron cómo ardía un pequeño letrero que dejaba ver su nombre entre las tinieblas: «SALEM».

Autor: Rubén Pareja Pinilla

#Heroínas

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