Quince años tenía
cuando te vi partir,
querida tía.
Tu sonrisa me ayudaba
a seguir adelante cuando te
tenía cerca de mí. ¿Quién podría imaginar
que algún día no podríamos
verte, hablarte o sentirte?
¿Cómo puede la vida
enseñarnos su dureza
de esta vil manera?
Trece años hace
desde que nos
quedamos con el
alma rota.
Trece años desde
que me enfadé con
esta perversa vida
por haberte llevado
de nuestro lado.
¿Por qué tenemos que
soportar este dolor
inmenso en nuestro
corazón?
Sé que desde cielo
nos acompañas
en cada momento
en cada decisión
con tus consejos.

Pero, así, no es
lo mismo.