Destino Canfranc

Magdalena corría por las calles de Zaragoza, a oscuras, ninguna luz había encendida a altas horas de la madrugada. Pensaba que alguien la estaba siguiendo y continuó un poco de trayecto con un ahogo en el pecho que no la dejaba respirar. No veía a nadie por allí, solo el resplandor de la luna que la guiaba en su camino hasta la estación de tren. 

Al llegar a aquel recóndito lugar sonó un toque de trompeta, que anunciaba que el tren iba a salir en menos de cinco minutos, así que ella corrió con todas sus fuerzas para no perderlo. Entró por casualidad, agarrada por la mano de su amiga Claudia que coincidió con ella en el mismo trayecto.

―¿Qué haces por aquí Magdi? ―le preguntó Claudia en un tono cariñoso. 

―He tenido que salir corriendo desde mi casa hasta aquí porque algo me estaba persiguiendo, pero, no he conseguido ver nada― le replicó Magdalena. 

―¿Será alguien? Por que algo no creo que te siga― le contestó en modo irónico.

―No te rías Clau, yo no he visto a ninguna persona por allí― le respondió enfadada. 

Las dos continuaron su trayecto, Claudia intentó calmar a su amiga, ya que la veía que estaba inmersa en una crisis febril y ansiosa, no podía imaginarse qué podría haberle ocurrido o desde cuándo llevaría corriendo por las calles inundadas tras las últimas lluvias y la humedad del aire le podría haber afectado. Magdalena se acurrucó sobre las piernas de su amiga. 

Tras pasar por las estaciones de Villanueva de Gallego, Zuera y Tardienta se aproximaban a la de Huesca donde despertó totalmente alarmada: ―¿dónde estoy Claudia? ¿qué hago aquí contigo? ―. 

―Te has montado en la estación de Zaragoza, venías corriendo como si huyeras de alguien― le contestó Claudia. 

Al abrirse las puertas del tren, Magdalena vio como se montaban tres personas muy pálidas en el mismo vagón, el olor que desprendían la estremeció tanto, que solo les dijo un simple «buenas noches». Claudia la miró atónita y le dijo que se volviera a recostar en sus piernas. 

Reanudaron el trayecto pasando por varias estaciones como Plasencia del Monte, Ayerbe y Riglos. Claudia la miraba atentamente y ella notaba como su amiga la estaba observando, solo se podían ver sus ojos mirando hacia ningún sitio, casi en blanco, una mirada fija que asustaba a cualquiera. «¿Qué le estará pasando a Magdi?», se preguntaba Claudia. Nadie sabía. 

Magdalena se quedó fija en el letrero digital de renfe que de pronto anuncia: «PRÓXIMA ESTACIÓN SANTA MARÍA Y LA PEÑA». Se pone de pie, su amiga Claudia la sujeta y le dice que dónde va, esa no es su parada, aún les queda mucho más. Pone los ojos bien abiertos con lo blanco más prominente que sus pupilas y en ese momento, pasan dos personas ataviadas con unos atuendos oscuros. Igual que a los anteriores viajeros, les dice «buenas noches» y se vuelve a quedar pensativa en el asiento. Claudia no puede comprender qué estaba pasando allí, antes se había asustado, pero aquí más todavía, porque la estación estaba completamente desierta, solo unas pequeñas sombras de los viejos artilugios que allí iban guardando los bedeles de la estación. 

―¡ESTÁN AQUÍ CLAUDIA! ¡SON ELLOS! ¡ME HAN LOCALIZADO!―, empezó a vocear Magdalena, asustada como cuando llegó a la estación de Zaragoza. 

―Magdi, no te escondas, no va a venir nadie a por ti. Aquí, nadie te va a coger―, respondió Claudia.  

―¡MIRA ALLÍ! ¿LOS VES? ¡ESTÁN AHÍ!―, dijo sobresaltada Magdalena. 

En ese instante el tren comienza a andar, se va la luz y cuando vuelve, Magdalena está convulsionando en el suelo del vagón. Claudia se abalanza sobre ella, empieza a reanimarla, la calma y se la lleva hacia la zona de habitaciones que tienen en el vagón contiguo. 

Magdalena queda dormida en un momento y Claudia permanece con ella observándola. Pronto pasan por las pequeñas estaciones de Anzánigo, Caldearenas, y Sabiñanigo. Tras estas, llegan a la de Jaca, aquí hacen una parada más larga, de al menos dos horas, porque tienen que cambiar de andén y lo hacen manual. Los agentes del tren les instan a bajarse hasta que puedan reanudar su viaje. Desde allí se acercan a ver la Ciudadela que está a unos cuantos kilómetros, pero como saben que tardarán horas en hacer cambio de andén, deciden seguir con su marcha y ruta turística. 

Magdalena está presintiendo que algo va detrás de ellas, no hace nada más que mirar para atrás, aunque no logra ver nada. La noche es tan oscura, solamente iluminada por unos pequeños rayos de la luna que inciden sobre esa zona. Una vez que se gira siente como algo frío le roza el brazo. ―¡ESTÁN AQUÍ CLAU! ¡VÁMONOS, RÁPIDO!―.

Claudia no entiende qué está pasando, así que decide correr con todas sus fuerzas y seguir a su amiga que parece bastante asustada. Estaban entrando por la puerta de la estación cuando Claudia siente un escalofrío por todo su cuerpo que también nota Magdalena. Ágilmente se suben al vagón que lo encuentran bastante lleno, ninguna de las dos esperaba que fuera a viajar tanta gente. ― Nos están rodeando, Clau―, dijo Magdalena muy bajito en el oído de su amiga. ―No digas tonterías, Magdi, aquí no nos va a rodear nadie―. 

Pasaron tres estaciones más, Castiello-Pueblo, Castiello y Villanua – Letranz, al poco tiempo llegaron a Canfranc. Eran las seis de la mañana, Jesús, hijo de Magdalena, había ido a recogerla a la estación. Al bajarse, vio algo extraño en su madre, venía temblorosa, con un sudor frío que recorría todo su cuerpo y solo se le oía: «Nos están siguiendo», «Coge a Claudia también, por favor, nos quieren hacer algo». 

Jesús se puso pálido y dijo: ―¿QUÉ CLAUDIA, MAMÁ? ―. 

La madre respondió enseguida: ―¡AQUELLA, LA QUE HA VENIDO CONMIGO DESDE ZARAGOZA! ¡Mi amiga Claudia! 

― Pero, mamá…― Jesús no pudo contener las lágrimas, ni le salían las palabras que debía decir. 

― Pero, nada, Jesús, coge a Claudia y vámonos a casa que los que vienen en el tren vienen siguiéndome desde Zaragoza y estoy muy asustada ― predicó con agilidad Magdalena. 

― Mamá, escúchame… Claudia no está allí y en el tren no viene nadie ― expuso el hijo con un llanto incontrolable. 

― Mira a tu alrededor, ahí no hay nadie ―, le volvió a repetir.. 

― ¿NO VES A CLAUDIA? ¿NO VES A TODOS ESOS HOMBRES Y MUJERES QUE VIENEN APROXIMÁNDOSE HACIA MÍ? ― le repitió con todas sus fuerzas su madre. 

― Mamá, por favor, (llorando incontroladamente), Claudia no está con nosotros. Ahí no viene nadie. No hay nadie. 

― ¿CÓMO QUE NO HIJO MÍO? ― replicó Magdalena. 

― No, mamá, Claudia y todos los vecinos de Canfranc murieron en el descarrilamiento del tren.

La madre desolada, se desmayó en el suelo golpeándose fuertemente la cabeza. Un chorro de sangre salió muy vigoroso de su cabeza y su hijo Jesús se quedó llorando y suplicando por su vida. 

Al fondo solo se podía ver un monumento de plata que decía: «EN MEMORIA DE LOS 50 FALLECIDOS EN EL ACCIDENTE DE CANFRANC». 

Este relato participa en el concurso: #HistoriasdeViajes en Zenda Libros.

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Autor: Rubén Pareja Pinilla

A las cinco…

¡Oh, fue a las cinco!
Sentí tu último aliento,
querido Ignacio.

#Haiku dedicado a Federico García Lorca que nació el 5 de junio de 1898 en Granada, su tierra querida.

Recordando el poema «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías».

Autor: Rubén Pareja Pinilla

Reflejos del sol y del amor

Este sol deslumbrante sin sentido
con rayos mágicos amenazantes
sin ocasión, a la vez, palpitantes
por un corazón puro y malherido.

Ella suspiraba por tu ternura
con ese amor fuertemente maltrecho
¿quién nos contaría sobre aquel hecho
cuando desbordaba tanta dulzura?

¿Cuándo podré verla en su pedestal
con esa belleza tan eminente
de sonrisa casta y rostro jocoso?

Disfrutaré contigo, inminente
de aquella pasión y sentido austral
Calmado, mirándote victorioso.

Autor: Rubén Pareja Pinilla